El 3 de marzo de 2001, el Estadio Azteca de Ciudad de México fue escenario de un concierto extraordinario y también polémico: “Unidos por la Paz”, protagonizado por Maná y Jaguares. Reunió a más de 105.000 personas y tuvo como objetivo recaudar fondos para comunidades indígenas, especialmente de Chiapas, además de expresar un llamado a la paz en el contexto del conflicto zapatista.
El nombre “Chiapaz” se utilizó para asociar el acontecimiento con Chiapas y con la idea de paz, aunque el nombre formal del evento era Unidos por la Paz.
1. El contexto político: Chiapas y el zapatismo
Para entender el concierto hay que retroceder hasta el 1 de enero de 1994, cuando el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) se levantó en armas en Chiapas.
El EZLN, encabezado públicamente por el Subcomandante Marcos, denunciaba la pobreza, la marginación histórica de los pueblos indígenas, la concentración de la tierra y la falta de reconocimiento de sus derechos.
El levantamiento coincidió con la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) entre México, Estados Unidos y Canadá. Para los zapatistas, el nuevo modelo económico simbolizaba una amenaza para las comunidades campesinas e indígenas.
Aunque el conflicto armado inicial fue breve, la confrontación política continuó durante años.
En 2001 ocurrió algo especialmente significativo: después de la llegada a la presidencia de Vicente Fox, se produjo una nueva expectativa de diálogo entre el gobierno y el EZLN. La Marcha del Color de la Tierra, encabezada por dirigentes zapatistas, llegó a Ciudad de México en marzo de ese año para reclamar el reconocimiento constitucional de los derechos indígenas.
Por eso el concierto se produjo en un momento de enorme visibilidad nacional del problema indígena.
2. Una sociedad marcada por la desigualdad
El problema de Chiapas no era solamente político.
Detrás del conflicto había una cuestión social mucho más profunda: la desigualdad histórica de las poblaciones indígenas.
Chiapas tenía algunos de los niveles más elevados de pobreza del país y numerosas comunidades carecían de acceso suficiente a educación, salud, infraestructura y oportunidades económicas.
Por eso Maná y Jaguares plantearon que la paz no podía reducirse a que dejaran de sonar las armas.
La paz debía significar también:
- educación;
- hospitales y clínicas;
- mejores condiciones de vida;
- respeto a las comunidades indígenas;
- reconocimiento de sus derechos;
- reducción de la pobreza y la marginación.
El propio Fher, de Maná, sostenía antes del concierto que no bastaba con hacer un recital aislado y hablaba de la necesidad de dar continuidad al apoyo mediante escuelas y clínicas.
3. Dos bandas, dos sensibilidades
La elección de Maná y Jaguares era muy significativa.
Maná representaba el rock-pop mexicano de enorme alcance comercial y popular. Tenía una audiencia masiva en México y en toda América Latina.
Jaguares, liderados por Saúl Hernández, provenían de la tradición de Caifanes y tenían una identidad mucho más vinculada con el rock alternativo, la crítica social y las problemáticas políticas.
La unión de ambas bandas era importante porque permitía conectar:
rock masivo + conciencia social.
Además, no era habitual que ambas agrupaciones compartieran escenario. El concierto se convirtió así en un acontecimiento excepcional dentro del rock mexicano.
4. Un concierto con una fuerte dimensión política
Los organizadores fueron Televisa y TV Azteca, dos gigantes de la televisión mexicana que normalmente competían ferozmente entre sí.
Que ambas empresas se unieran para organizar el acontecimiento era ya un hecho extraordinario.
Pero allí apareció una de las grandes controversias.
¿El concierto estaba realmente apoyando las reivindicaciones zapatistas o estaba despolitizando el conflicto de Chiapas, transformándolo en un espectáculo televisivo?
La pregunta era importante.
Algunos intelectuales y sectores vinculados al zapatismo consideraron que convertir un conflicto histórico —con demandas políticas concretas— en un gran espectáculo musical podía simplificarlo excesivamente. Investigaciones académicas posteriores han señalado precisamente esta tensión entre solidaridad con los indígenas y despolitización mediática del zapatismo.
5. La posición de los músicos
Los propios músicos eran conscientes de esa controversia.
Saúl Hernández declaró que se identificaba con la izquierda y que le resultaba difícil ser neutral respecto de la causa zapatista.
Fher, por su parte, defendió la necesidad de terminar con siglos de abandono de las comunidades indígenas.
Pero ambos también insistieron en que las bandas no podían resolver por sí solas el problema. El concierto debía servir para movilizar a la sociedad y generar recursos.
Esta posición es importante porque muestra una nueva concepción del compromiso artístico:
el músico no pretende sustituir a la política, pero utiliza su popularidad para poner un problema social en el centro de la discusión.
6. El Estadio Azteca como símbolo
La elección del Estadio Azteca también tuvo un enorme impacto.
Era uno de los grandes espacios de la cultura popular mexicana: escenario del fútbol, de acontecimientos internacionales y de espectáculos masivos.
En marzo de 2001 se convirtió en un gigantesco espacio de solidaridad con las comunidades indígenas.
Más de 105.000 personas asistieron al concierto y se recaudaron fondos destinados a proyectos sociales en Chiapas.
La dimensión era enorme para un concierto mexicano de aquella época.
7. Un momento musical particularmente simbólico
El final del concierto reunió a Maná y Jaguares sobre el mismo escenario.
Primero interpretaron juntos “La Negra Tomasa”, uno de los clásicos asociados a Caifanes.
Después realizaron una versión de “Give Peace a Chance”, de John Lennon, adaptada como un llamado a pedir la paz.
Ese final resumía perfectamente el espíritu del acontecimiento:
rock mexicano + solidaridad indígena + pacifismo + cultura popular.
8. La dimensión económica
El concierto también tuvo una dimensión económica concreta.
Se vendieron más de 105.000 entradas y la recaudación, junto con los ingresos por alimentos y bebidas, fue destinada a proyectos de beneficio social relacionados con las comunidades indígenas. Las fuentes de la época informaron una recaudación superior a 22 millones de pesos en el conjunto reportado por la organización/televisora, aunque otras fuentes posteriores han manejado cifras diferentes sobre el dinero efectivamente destinado a proyectos.
Esto es importante porque diferencia a Chiapaz de un concierto puramente simbólico:
había una intención explícita de convertir la convocatoria musical en recursos materiales.
9. Pero también fue un acontecimiento controvertido
Su importancia histórica aumenta, paradójicamente, por las críticas que recibió.
El problema era que la paz no podía entenderse simplemente como “que gobierno y zapatistas dejen de pelear”.
El conflicto tenía raíces históricas mucho más profundas: pobreza, discriminación, derechos territoriales, autonomía indígena y desigualdad.
Por eso algunos críticos consideraron que el formato del concierto podía transformar una cuestión política compleja en una imagen mucho más sencilla:
“cantemos por la paz y todo estará bien”.
Esta crítica es fundamental para comprender el acontecimiento: el concierto consiguió una enorme movilización social, pero no podía resolver por sí mismo las causas estructurales del conflicto.
10. ¿Por qué es memorable?
Chiapaz es memorable porque muestra una etapa nueva de la relación entre rock, televisión, política y movimientos sociales en México.
No fue un concierto de protesta clásico como los de la Nueva Canción Latinoamericana de los años sesenta y setenta.
Tampoco fue simplemente un espectáculo comercial.
Fue una combinación de:
música + televisión + solidaridad + recaudación económica + reivindicación indígena + mensaje pacifista.
Y esa mezcla explica tanto su enorme impacto como las controversias que generó.
Su significado histórico
Si lo colocamos junto a los otros conciertos que venimos analizando, Chiapaz ocupa un lugar muy interesante:
- Mercedes Sosa y Joan Báez, 1974: la música frente a la violencia política.
- Mercedes Sosa, Teatro Ópera, 1982: la música como recuperación de la libertad y la voz colectiva.
- Soda Stereo, River, 1997: la música como construcción de una identidad generacional latinoamericana.
- Chiapaz, 2001: el rock como vehículo de solidaridad con los pueblos indígenas.
- ALAS, 2008: la música frente a la pobreza y la desigualdad.
- Paz sin Fronteras, 2008: la música como herramienta de paz entre países.
- Paz sin Fronteras II, 2009: la música como posibilidad de reconciliación política.
Por eso Chiapaz puede considerarse uno de los conciertos sociales más significativos de la música popular mexicana.
Su gran pregunta era si el rock podía hacer algo más que entretener: si podía ayudar a que una sociedad mirara de frente a sus pueblos indígenas y a una desigualdad que llevaba siglos.
Y la respuesta del concierto fue clara: sí podía movilizar a cientos de miles de personas y generar recursos; pero la paz verdadera exigía algo mucho más difícil que un concierto: transformar las condiciones sociales y políticas que habían originado el conflicto.
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