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Carmina Burana cantos goliárdicos que datan de los siglos XII y XIII

La Rueda de la Fortuna,carta no.10 del Tarot, ha servido como imagen de cartel, poster y portada de disco a la cantata, cuya canción más famosa se titula Oh Fortuna, y es un himno a la impermanencia de las cosas en la vida humana

La historia de los Carmina Burana cuyo nombre original es Cantos de Beuern o Codex Buranus, se remota a los cantos de goliardos que datan de los siglos xii y xiii, y aparecieron en un manuscrito encontrado en la abadía de Bura Sancti Benedicti, en Baviera,  Alemania, en 1803. Se cree que el códice -un manuscrito con ilustraciones policromadas fechado para antes del siglo XIII y que agrupa cantos o canciones de diversas procedencias geográficas, compuesto por 112 folios en pergamino, con un conjunto de 228 poemas (más algunos materiales complementarios)-, fue compilado hacia 1230 en un convento de Austria, pero de cierto poco más se sabe sobre su origen.

Los goliardos eran clérigos y estudiantes (malos clérigos y malos estudiantes) que llevaban una vida errante y disoluta entre tabernas y francachelas. La mayor parte de los poemas y canciones parecen, por su estilo crítico e irreverente, ser obra suya. Los burana fueron escritos en una época​ en que el latín era la lingua franca hablada en toda Italia y en el occidente de Europa por académicos viajeros, en las universidades y por los teólogos. Los burana, sin embargo, no son homogéneos ni en temas  ni en escritura, ya que algunas de sus composiciones están escritas en latín medieval aunque no con metros clásicos, pero otras lo están en antiguo alemán medio, y aún otras presentan trazas de francés antiguo, y una pequeña parte de  esos textos incluso están escritos en una mezcla macarrónica de latín y de alemán o de francés vernáculo.

En los burana se exalta el gozo por vivir y el interés por los placeres terrenales, por el amor carnal y por el goce de la naturaleza. También hay en ellos una crítica mordaz y despiadada a la Iglesia católica y la cúpula  de su estructura eclesiástica. Su tono alegre, dionisíaco, burlón y francamente irrespetuoso ofrece una visión muy diferente de la Edad Media, época que la Historia convencional concibe como una etapa sombría que llama los Siglos Oscuros. En los Carmina Burana se satirizan todas las clases sociales, pero con especial ensañamiento la realeza y el clero. Las composiciones más características son las Kontrafakturen, que imitan con su ritmo las letanías del antiguo Evangelio y son utilizadas para satirizar la decadencia de la curia romana, o para construir elogios al amor, al juego y, sobre todo, al vino. Los burana también narran hechos de las cruzadas, y raptos de doncellas por caballeros.

La monja y el cura, de Cornelius van Haaren. Aunque esta pintura es posterior a la época de los goliardos, ilustra la hipocresía y lujuria del clero, uno de los motivos que los burana critican con más saña

Aunque los burana parecen querer desnudar la hipocresía de su tiempo en todas sus manifestaciones, contienen también canciones de amor, canciones que exaltan el destino y la suerte, junto con elementos naturales y cotidianos, y hay también un poema largo con la descripción de varios animales. Tampoco faltan composiciones de amarga reflexión filosófica, como la titulada Oh Fortuna:

 

Oh Fortuna,
como la Luna
variable de estado,
siempre creces
o decreces;
Vida detestable
ahora oprime
después alivia
como un juego,
a la pobreza
y al poder
derrites como al hielo.
Suerte monstruosa
y vacía,
tu rueda gira,
perverso,
la salud es vana
siempre se difumina,
sombrío
y velado
también a mí me mortificas;
ahora en el juego
llevo mi espalda desnuda
por tu villanía.
La Suerte en la salud
y en la virtud
está contra mí,
me empuja
y me lastra,
siempre esclavizado.
En esta hora,
sin tardanza,
toca las cuerdas vibrantes,
porque la Suerte
derriba al fuerte,
llorad todos conmigo.

Hay otras canciones de gran belleza entre los burana, y muy útiles para comprender el verdadero espíritu de la vida medieval entre las clases bajas, curiosamente muy bien representado por la compañía inglesa de humor Monty Pyton en sus filmes La bestia del reino y El Santo Grial, ambos vistos en Cuba y, en mi opinión, dos de las películas donde se representa con mayor fidelidad lo que fue el espíritu de esa época. La importancia de los burana consiste en que constituyen la más grande y antigua colección de versos de carácter laico del medievo, puesto que lo acostumbrado era entonces realizar únicamente obras literarias religiosas.

Pero no es el valor histórico y antropológico de los burana -su valor gnoseológico, como diría Beatriz Maggi- lo único que convierte a estos textos medievales en una joya del arte universal. El manuscrito de los Carmina Burana fue profusamente decorado por su autor o autores. Las ilustraciones se ajustan al contenido del poema en cuestión y le aportan un valor artístico incomparable. Llaman la atención las capitulares en tintas rojizas distribuidas a lo largo del texto, algunas de ellas (las de forma redondeada) adornadas en su interior con una cara, a la manera de los manuscritos miniados. Pero sin duda las más impresionantes son las miniaturas que ocupan una página entera. Ello evidencia la mano de clérigos que alguna vez, durante su estancia en monasterios, fueron iluminadores de códices antes de darse a la mala vida de los caminos, a la libertad y al vicio.

Carl Orff, y aquí empieza para mí el dilema

Carl Orff fue el compositor alemán que creó estas dos inmensas obras que son Catulli Carmina y Carmina Burana, en realidad una trilogía cuya última parte tituló El triunfo de Afrodita, que no conozco. Amateur de la música y despreocupada como soy, solo recientemente he sabido de su existencia, pero supongo que la culpa de mi ignorancia no sea únicamente mía. Hay otra explicación, aunque no me justifique.

Odi et amo, camaleón Carl Orff

Carl Orff nació en Múnich, el 10 de julio de 1895. Su obra se enmarca dentro de la corriente del neoclasicismo musical. Comenzó a tocar el piano a los cinco años, y poco después aprendió violín, chelo, cítara y algunos instrumentos tradicionales alemanes. Ofrecía pequeñas representaciones de títeres para la familia y escribía cuentos de hadas, escribió un libro sobre la naturaleza y fue coleccionista de insectos. ¿Un niño prodigio? Fue un talento precoz, de eso no hay duda. Estudió en la Academia de Música de Múnich. Sirvió en el ejército durante la Primera guerra mundial, donde fue gravemente herido durante un bombardeo de artillería mientras se encontraba en una trinchera. Ocupó varios puestos en las óperas de Mannheim y Darmstadt​ y, finalmente, volvió a Múnich para proseguir sus estudios musicales.

A mediados de la década de 1920, influido tal vez por un movimiento artístico en  la Europa de posguerra y Estados Unidos que buscaba la integración de la música, la danza, las artes plásticas y el teatro en una nueva forma de arte, Orff comienza a formular un concepto que llamó elementare Musik (música elemental), basado en la unidad de las artes, simbolizado por las antiguas musas griegas (vocablo del cual proviene el nombre Música), involucrando al tono, la danza, la poesía, la imagen, el diseño y el gesto teatral, y que él definió  con sus propias palabras:

La música elemental no es solo música, siempre está ligada al movimiento, la danza y el lenguaje, es una música hecha y vivida por uno mismo, donde no somos oyentes sino participantes. Esa música es pre-consciente y no conoce las grandes formas, la arquitectura formal, prefiere secuencias breves, ostinatos y pequeñas formas rondó.”

Quería encontrar un lenguaje y nuevas formas artísticas que pusieran de manifiesto los poderes elementales de la música “como una fuerza primitiva y abrumadora”. La poesía de los Goliardos, que no solamente cantaba al amor y al vino, sino que también se burlaba de la clerecía, encajaba perfectamente en el deseo de Orff de crear una obra musical que apelara a la «musicalidad fundamental» que, como él creía, todo ser humano poseía. De la colección completa de los Carmina Burana, Orff escogió veinticuatro canciones y las ordenó de modo que pudieran ser representadas en un escenario. En cuanto a la música, se amoldó a la sencillez de los textos. Aproximadamente la mitad de las piezas son canciones cuya melodía se repite en cada estrofa casi sin variantes, limitándose algunas veces a realizar simples escalas mayores o menores. Renunció a la melodía y a las complejidades de las armonías, y optó por sonidos básicos y patrones rítmicos fácilmente discernibles, El ritmo es el encargado de dar variedad al conjunto, impidiendo así cualquier monotonía. Esta riqueza rítmica es, tal vez, la característica más importante de los Carmina Burana. Orff utilizó coros y solistas con acompañamiento orquestal. La crítica ha señalado en esta obra de Orff la influencia de Stravinsky.  El estreno tuvo lugar el 8 de junio de 1937 en la Alte Oper de Fráncfort del Meno, dirigida por Oskar Wälterlin, y desde la premiere fue un éxito arrasador.

Todas las representaciones de Carmina Burana han sido y siguen siendo fastuosas. Esta imagen, tomada de la Televisión Francesa, muestra muy bien la puesta en escena: la escenografía, la orquesta, los coros, el público.

Bellísimo cartel de lapuesta en escena por laópera Nacionalde Rusia

Además de la trilogía de la que vengo ocupándome en este trabajo, que alcanzó una fama que ha llegado a nuestros días, compuso otras obras y también es conocido por su labor como pedagogo, pues desarrolló un sistema de enseñanza musical para niños, conocido como método Orff, que ha demostrado gran eficacia y continúa vigente en la actualidad.

Cierta parte de la crítica musical siempre se ha sentido intrigada por el hecho de que Carmina Burana haya alcanzado mucha más difusión, éxito y fama que Catulli Carmina. La respuesta pudiera estar en el hecho de que Carmina Burana se dio a conocer antes de la Segunda Guerra Mundial y no se vio lastrada por la relación de su creador con el régimen nazi. Carl Orff, como otros artistas alemanes de su tiempo, se cobijó bajo las alas negras del nacionalsocialismo. Mientras muchos creadores huían del monstruo y otros perdían sus vidas  por su rechazo a  esa ideología perversa,  Orff permaneció en Alemania y colaboró con los nazis. No solo su Carmina Burana fue objeto de numerosas representaciones, sino que Orff accedió a la petición gubernamental de escribir música incidental para El sueño de una noche de verano, tras la prohibición de que fuera objeto la partitura a cargo del músico judío Mendelsson.

Es comprensible que la música de Orff resultara atractiva para los líderes del nacionalsocialismo, quienes pulsaban con conocimiento y eficacia viajas cuerdas del mito y la emocionalidad popular para manipular a las masas mediante símbolos y arquetipos que alcanzaban su apoteosis en aquellos mítines ceremoniales donde el nazismo consagraba su ideología frente a las multitudes hechizadas.  No hay que culpar al músico porque su  pensamiento artístico se aviniera con  la retórica del sistema, ya que lo venía formulando desde su adolescencia, cuando Hitler no era más que un oscuro aprendiz de pintor en su  Austria natal. Fue pura coincidencia. En realidad, antes del triunfo del Partido Nazi, Orff era considerado un artista de izquierdas con muchos amigos judíos y que llegó a colaborar con Bertold Bretch. La culpa real de Carl Orff nace de su aquiescencia con el régimen racista, xenófobo, asesino, creador de los campos de concentración y de planes infernales para despoblar zonas inmensas de Europa y repoblarlas con ejemplares de la raza aria, el “hombre superior” que Hitler decía estar construyendo. Se convirtió en un renegado. No me siento personalmente inclinada a disculpar la complacencia de Orff ante el argumento de su posible ignorancia de los crímenes nazis. Pienso que estaba tan al tanto de ellos como la cineasta Lenni Riefenstal, quien empleó gitanos en el rodaje de uno de sus filmes y luego entregó a la Gestapo las listas de sus improvisados actores para que fueran conducidos a campos de concentración y con posterioridad exterminados.

Hay una historia macabra sobre Orff. Él fue amigo de Kurt Huber, fundador de La rosa blanca, uno de los muchos movimientos de resistencia contra el nazismo que surgieron en Alemania. Huber fue condenado a muerte y ejecutado en 1943. El día anterior a su arresto Orff llamó por casualidad a la casa de Huber. Le respondió la esposa, quien le suplicó que moviera sus influencias dentro del Partido Nazi para ayudar a Huber, ya bajo asedio. Orff se negó, justificándose con el argumento de que si su amistad con Huber llegara a ser conocida, él estaría perdido. Tiempo después, cuando ya los nazis no eran una amenaza para nadie, Orff pidió perdón en una carta… al espectro de Huber. Tras la victoria de los aliados, Orff dice haber estado a punto de sufrir algún tipo de represalia por causa de la delación de otro miembro de La Rosa Blanca, quien lo señaló como colaboracionista, y se refiere vagamente a la eventual pérdida de sus derechos de autor sobre Carmina Burana. Este supuesto denunciante habría sido un miembro de la Resistencia que después de la guerra trabajó para los norteamericanos en una comisión de desnazificación. Según Orff, a pesar de ello los norteamericanos habrían aceptado sus juramentos de inocencia y le permitieron seguir componiendo su música.    

A mí me parece una historia muy mal contada, y no soy la única que no le cree. Tampoco creo que fuera un nazi de corazón. Alemania siempre sintió una fascinación hipnótica por la cultura griega, y muchos artistas alemanes fueron seducidos al principio por la retórica nacionalsocialista, que tan eficaz empleo dio a los mitos de la antigüedad helénica, al pasado heroico de los pueblos germanos y a un conjunto de leyendas mágicas, para activar y difundir todo lo cual creó la siniestra Anhenerbe, una institución destinada a explotar el pensamiento mágico ancestral de la raza nórdica en  todas las formas posibles,  incluyendo la realización de experimentos tenebrosos en prisioneros con el fin de crear una nueva raza semejante a los dioses del Valhalla, antiguo paraíso vikingo, destinada a dominar el mundo. Pero no puedo extenderme aquí en el lado delirante del nazismo.

Carl Orff murió a la edad de 86 años en Múnich, el 29 de marzo de 1982. Fue enterrado en la capilla del monasterio deAndechs, al sur de esa ciudad. Su lápida muestra escrito su nombre, sus fechas de nacimiento y deceso y la inscripción latina Summus finis (‘El fin más alto’). Y quiero detenerme en este epitafio, porque creo que Orff permaneció en Alemania bajo el ala protectora del nazismo, que tan buena acogida dio a sus obras, porque se convenció a sí mismo de que el arte (su arte) estaba más allá y por encima de cualquier ideología y credo político, y que en el altar sagrado del arte un artista debe sacrificarlo todo, incluso sus principios morales y sus afectos más cercanos.  No sé si fue por esta convicción que Orff, rompió relaciones con su única hija y la ignoró hasta el final de sus días. “Mi padre tenía su vida”, ha dicho ella para explicar una actitud tan antinatural. Pero también estoy convencida de que bajo la piel de esa concepción del arte como dios supremo y único del artista, se esconde el clamor del ego más impúdico, la máscara de quien no quiere ser distraído por nada ni por nadie del disfrute de una de las más potentes drogas conocidas por la condición humana: la creación, que convierte a los artistas en demiurgos. Si tomar partido por una causa significa perderlo todo, quedar sin seguridad para crear y sin un público garantizado para la recepción de la obra, entonces… no, gracias, por muy justa y pura que la causa sea. Pero la ecuación también funciona en sentido inverso: si tomar partido incluso por la vesania más absoluta, por el crimen, conlleva seguridad para la creación, el beneplácito y favor de la clase dominante, el éxito asegurado y otros privilegios, entonces sí, el artista se unce a la carroza de los criminales y compone himnos para glorificarlos. Por un tiempo que suele ser breve vive la ilusión de ser considerado un igual, cuando en realidad los poderosos jamás ven al artista sino como un lacayo cuya única misión es adularlos y calzar el discurso oficial.

Yo también pienso que el arte jamás debe convertirse en el brazo ancilar de un sistema político ni de una ideología, pero el hombre que lleva  dentro el artista que ejecuta el acto de creación, no puede eximirse de tener una escala de valores, y cuando la lucha entre el Bien y el  Mal,  entre la  Luz y la Sombra reclama su concurso, yo creo con toda mi alma que el artista debe ocupar su lugar entre los buenos, y si no sabe, no puede o no quiere empuñar un arma, tiene que convertir su arte en arma contra la maldad. En situaciones límite donde lo mejor de nuestra especie y nuestro mundo está en peligro, mantenerse al margen es cobardía despreciable, y peor aún:  la indiferencia no debe ser perdonada.

fuente

Por eso me encuentro en una franca posición de malestar frente a Carl Off, pues mientras amo apasionadamente sus cantatas Carmina Burana y Catulli Carmina, y las vuelvo a escuchar casi todos los días, él me resulta tanto más despreciable por poseer una tan enorme cuota de talento artístico, una sensibilidad tan poderosa y un instinto tan cabal para la grandeza, y haber arrastrado por el fango más vil semejantes dotes que la naturaleza no es generosa en prodigar, poniéndolas al servicio de la peor monstruosidad  que la humanidad ha padecido en su ya larga permanencia sobre la Tierra.

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