El 16 de marzo de 2008, un escenario improvisado sobre el puente Simón Bolívar, en la frontera entre Colombia y Venezuela, reunió a cientos de miles de personas alrededor de una idea sencilla pero profundamente política: la paz entre los pueblos latinoamericanos.
El concierto, denominado “Paz sin Fronteras”, fue organizado por el cantante colombiano Juanes, pocos días después de una de las crisis diplomáticas más graves entre Colombia, Venezuela y Ecuador de las últimas décadas.
Una frontera convertida en escenario
El lugar elegido no fue casual.
El puente Simón Bolívar une las ciudades fronterizas de Cúcuta, en Colombia, y San Antonio del Táchira, en Venezuela. Habitualmente es un lugar de tránsito, comercio, migración y encuentro entre dos sociedades profundamente vinculadas.
Pero en marzo de 2008 esa frontera había adquirido un significado político diferente.
El 1 de marzo de 2008, fuerzas militares colombianas realizaron una operación en territorio ecuatoriano contra un campamento de las FARC. En la operación murió Raúl Reyes, uno de los principales dirigentes de la organización guerrillera.
El hecho provocó una fuerte crisis diplomática: Ecuador rompió relaciones con Colombia y Venezuela movilizó tropas hacia la frontera colombiana.
La posibilidad de un enfrentamiento regional generó enorme preocupación.
Fue entonces cuando Juanes propuso algo aparentemente insólito: llevar la música al lugar mismo donde se manifestaba la tensión política.
“Paz sin Fronteras”
El mensaje era deliberadamente sencillo:
las fronteras pertenecen a los Estados; la cultura pertenece a los pueblos.
Sobre el escenario se encontraron artistas de distintas nacionalidades:
- Juanes, Colombia.
- Juan Luis Guerra, República Dominicana.
- Juan Fernando Velasco, Ecuador.
- Carlos Vives, Colombia.
- Alejandro Sanz, España.
- Miguel Bosé, España.
- Ricardo Montaner, Venezuela.
La presencia simultánea de colombianos, venezolanos, ecuatorianos y otros artistas latinoamericanos tenía un enorme valor simbólico.
El concierto decía, en esencia, que los conflictos entre gobiernos no tenían por qué convertirse en conflictos entre pueblos.
Una declaración política sin partido
Una de las características más interesantes de Paz sin Fronteras fue que no se presentó como un acto partidario.
Juanes intentó colocar el mensaje en otro nivel:
no se trataba de apoyar a un gobierno contra otro, sino de defender la convivencia entre colombianos, venezolanos y ecuatorianos.
Eso no significa que el concierto estuviera fuera de la política. Todo lo contrario.
La elección del lugar, el momento histórico y la participación de artistas de diferentes países constituían una intervención política, aunque no fuera partidaria.
El concierto defendía valores concretos:
- la paz;
- la integración latinoamericana;
- el rechazo a la guerra;
- la convivencia entre países vecinos;
- la separación entre los conflictos políticos de los gobiernos y las relaciones entre sus pueblos.
La dimensión social
Quizá el aspecto más conmovedor fue la composición del público.
No eran únicamente fanáticos de Juanes o de los artistas invitados. Se encontraron allí familias, jóvenes, trabajadores, comerciantes y habitantes de ambos lados de la frontera.
Personas que normalmente utilizaban el puente para trabajar, comprar, visitar familiares o comerciar lo ocuparon ese día para escuchar música juntos.
La frontera dejó de funcionar temporalmente como línea divisoria y se transformó en un espacio común.
Eso explica el enorme poder simbólico del concierto.
La música como diplomacia popular
En América Latina existe una larga tradición de canciones vinculadas con la paz y la solidaridad.
Pero Paz sin Fronteras introdujo una idea particularmente poderosa:
los músicos también pueden ejercer una forma de diplomacia.
No reemplazan a los gobiernos ni a los diplomáticos, pero pueden construir un espacio donde las personas de países enfrentados vuelvan a reconocerse como vecinos.
En ese sentido, el concierto puede interpretarse como una forma de “diplomacia cultural desde abajo”.
No eran presidentes estrechándose las manos.
Eran pueblos cantando juntos.
“Solo le pido a Dios”
El significado del acontecimiento también puede relacionarse con la canción de León Gieco, Solo le pido a Dios, que se convirtió en uno de los grandes himnos latinoamericanos contra la guerra, la indiferencia y la violencia.
Esto enlaza directamente con lo que hablábamos de Mercedes Sosa y “Bella Ciao”.
En las tres canciones aparece una idea semejante:
la vida humana vale más que cualquier enfrentamiento político.
La diferencia está en el contexto: Bella Ciao nace de la resistencia antifascista; Solo le pido a Dios expresa una condena a la indiferencia frente a la violencia; y Paz sin Fronteras intenta convertir esa sensibilidad en un acto colectivo y transnacional.
El significado histórico
Paz sin Fronteras quedó como uno de los grandes ejemplos de cómo la música popular latinoamericana puede intervenir en una crisis política sin convertirse necesariamente en propaganda partidaria.
Su imagen más poderosa es sencilla:
un escenario instalado en una frontera internacional y miles de personas de ambos lados reunidas para cantar por la paz.
La frontera, que normalmente separa, se convirtió durante unas horas en un lugar de encuentro.
Y esa es probablemente la mejor síntesis social y política del concierto:
cuando los gobiernos estaban enfrentados, los músicos intentaron recordar que colombianos, venezolanos y ecuatorianos no eran enemigos entre sí.
La música no resolvió la crisis diplomática, pero consiguió algo que también tiene enorme valor político: crear un espacio público donde la paz pudiera ser imaginada y celebrada colectivamente.
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